Para hacer esta entrevista virtual y aleatoria a Irma Pineda, viajamos al estado de Oaxaca, en México, para visitar Monte Alto antes de dirigirnos a Juchitán. Nos sorprendió, en el sentido de llevarnos un fiasco, que esa maravilla natural que se forjó en la era Mesozoica por la furia de tres volcanes, y que fue cuna de la civilización zapoteca, sea ahora un parque turístico en el que la gente desafía a los antiguos dioses volando en parapente cerca de las nubes y practicando el ciclismo por sus cerros.
Aquella noche alquilamos unas cabañas y los sonidos del bosque nos arrullaron tan cálidamente que nuestros sueños fueron profundos. Al día siguiente desayunamos con pache, huevos y café, con el temor de que ante el menor descuido cualquiera de tantos perros que hay en esa zona se nos llevara algo de la mesa.
Aquella noche alquilamos unas cabañas y los sonidos del bosque nos arrullaron tan cálidamente que nuestros sueños fueron profundos. Al día siguiente desayunamos con pache, huevos y café, con el temor de que ante el menor descuido cualquiera de tantos perros que hay en esa zona se nos llevara algo de la mesa.
Espabilados ya con una segunda taza de café, rompimos el silencio para contar nuestros sueños. El ambiente que vivíamos estaba alejado de la contemporaneidad que en realidad nos rodeaba y, ante la sensación de estar mirando todo a través de un velo místico, lo que siguió no nos llamó la atención.
Comenzó Ricardo, siguió José Luis, y cuando yo iba a mitad de mi sueño, llegó Troi, que se había distanciado para atender el teléfono. Interrumpió abruptamente para decirnos que había tenido un sueño raro. Lo miramos y reímos.
—Sí –dijo Ricardo–, que los dioses nos encargaban al jaguar para que nos acompañara hasta llegar al valle y que de ahí tomaba la posta el lagarto para llevarnos a casa de Irma.
Nos les contaremos más. Pasamos directamente a nuestra entrevista con Irma Pineda, la voz poética de los binnizá.
Comenzó Ricardo, siguió José Luis, y cuando yo iba a mitad de mi sueño, llegó Troi, que se había distanciado para atender el teléfono. Interrumpió abruptamente para decirnos que había tenido un sueño raro. Lo miramos y reímos.
—Sí –dijo Ricardo–, que los dioses nos encargaban al jaguar para que nos acompañara hasta llegar al valle y que de ahí tomaba la posta el lagarto para llevarnos a casa de Irma.
Nos les contaremos más. Pasamos directamente a nuestra entrevista con Irma Pineda, la voz poética de los binnizá.
P: Cuando se habla de Irma Pineda, es ineludible hablar de tu padre, Víctor Pineda Henestrosa, o “Víctor Yodo”, como era conocido, desaparecido por el ejército cuando apenas ibas a cumplir cuatro años. Hoy quisiéramos que nos hables de tu madre. ¿De qué manera influyó ella en la construcción de la Irma que conocemos el día de hoy?
R: De muchas maneras. Comenzaré diciendo que si bien con mi padre aprendí la musicalidad, la cadencia de la poesía en lengua española, de mi madre, y también de mis abuelos, aprendí la musicalidad y la cadencia de la lengua diidxazá, que es en la que elegí escribir mis poemas antes de traducirlos al español o a otra lengua. Mi madre, Cándida Santiago, al igual que mis abuelos, siempre me contaban historias y a través de esas historias aprendí a amar y respetar mi cultura, la binnizá. Además, mi mamá también era profesora, y eso hizo que en mi casa siempre hubiera libros.
Na Cándida, mi madre, también fue para mí un ejemplo de lucha por la defensa de los derechos humanos, pues desde la desaparición de mi padre nunca ha dejado de clamar justicia. Hay algo de lo que a mí no me gusta hablar en las entrevistas, pero sé que ustedes ya lo saben. Yo era muy pequeña cuando mi papá desapareció; que había desaparecido era lo que me decían, pero yo no entendía de qué manera papá había podido desaparecer así, repentinamente. Entonces, dejé de hablar por mucho tiempo. Mi mamá, que casi siempre me llevaba con ella, me llevaba libros que sabía que me gustaban para que no me sintiera sola. En alguna ocasión ella dijo que ese silencio en mi infancia, del que se habla, no fue algo metafórico.
Ahora… Mi mamá dice que antes de que yo aprendiera a leer y escribir, inventaba poemas. Me acostaba, veía el cielo y le componía cosas a las estrellas, a la luna… Y vivía enamorada del ritmo, de la musicalidad… de la poesía. Después vino lo de mi papá y creo que por tratar de encontrar la voz de mi padre ausente me refugié más en la poesía, porque era el vínculo con él. A partir de ahí comencé a escribirla. Para mí fue la manera que encontré de expresar mis emociones, lo que yo sentía sobre lo que estaba pasando en ese momento. Fue el detonante para que yo empezara a escribir. Y lo hice durante mucho tiempo, hasta la adolescencia: me tocó salir de Juchitán para irme a estudiar y me fui a Toluca. Ahí viene otro golpe fuerte para mí, porque llegué a una ciudad en la que había muchísimo frío, bien distinto de Juchitán donde hace tanto calor; también gente desconocida, gente que solo habla español, cuando yo ya estaba acostumbrada a que mi mundo era el zapoteco. En mi barrio en Juchitán, la gente se comunicaba todo el tiempo en zapoteco y conservábamos muchas tradiciones comunitarias. Entonces dejar de oír mi idioma, me tocó estar con gente extraña, con gente que era como su clima, un poco fría… eso me hizo sentir la necesidad de escribir. Como no hablaba yo con mucha gente, tenía esa necesidad de expresar lo que sentía. Así fui trabajando la poesía lírica, para sacar esas cosas que a veces no podía sacar de otra forma. Sobre todo la nostalgia… Mis primeros poemas tienen mucho que ver con eso: con la nostalgia, con el dolor. Ahora toco otros temas, pero así fue.
P: Comenzaste escribiendo en español, luego elegiste escribir en zapoteco… sí, en diidxazá. ¿Cómo ves el futuro de las publicaciones en diidxazá?
R: Bueno, verán, yo sí preveo un futuro para las publicaciones en el formato bilingüe, que es el formato que se inició en la década de 1970 para nuestra poesía. Yo sí preveo una continuidad, pese a que todavía hay muchas editoriales que no confían en que el material bilingüe pueda fluir o venderse como los demás libros, porque consideran que a la gente solo le atrae leer en su lengua materna. Pero yo confío y agradezco que, aunque sea poco a poco, cada vez existan más instancias con líneas editoriales que publiquen obras bajo esta idea.
Además, en la actualidad destaca y viene pisando fuerte una generación de escritores zapotecos, jóvenes nacidos en los años setentas, que en estas fechas se constituyen en el relevo generacional y que de igual forma le cantan a la vida, al amor, a la naturaleza. El trabajo de ellos se caracteriza por una preocupación constante por la lengua y la cultura originaria; son poetas como Víctor Cata, Luis Amador, Gerardo Valdivieso, Gubidxa Guerrero, que han sido merecedores de diversos reconocimientos y han puesto en alto la lengua y la cultura de los binnizá.
A mí me tocó comenzar escribiendo es español, porque en esa época no tenía otra opción. Sin embargo, ha habido un cambio en términos de políticas lingüísticas, que no ha sido gratuito, porque por parte del estado seguiríamos castellanizados. Fue la irrupción de grupos indígenas, el levantamiento de voz de varias culturas y líderes que han hecho la exigencia de más respeto para las culturas indígenas, lo que ha llevado a una modificación al menos en el discurso. En las leyes se han generado transformaciones que reconocen la existencia de las culturas indígenas y sus lenguajes. Al menos, creo que ya no es tan evidente este ataque e intención por desaparecer las lenguas.
Y hay una generación aun más reciente que busca la universalidad de la literatura, toca temas diversos, pero siempre en contacto con el origen y el entorno propios. Estos nuevos escritores, desde su propio espacio y estilo, dan cuenta del movimiento vital; escriben sobre el amor, la vida, la muerte, el paisaje cotidiano, la transformación de los rostros de nuestros pueblos; mediante las letras buscan el fortalecimiento de nuestra lengua, el desarrollo de nuestra cultura, a través de sus cuentos y poemas manifiestan su preocupación por el mundo y lo que en él ocurre, pero siempre teniendo como herramienta principal, la sagrada palabra. Les recomiendo leer a autores como Elvis Guerra, Fernando Valdivieso, Héctor Pineda y Paula Jan López.
Espero que la literatura en lenguas originarias se siga fortaleciendo, que no busque solo una voz estética que únicamente se presente en textos agradables, sino que sirva como una herramienta para denunciar injusticias, para hacer memoria colectiva, para preservar lenguas, para que funcione como un puente entre la cultura indígena y las demás culturas.
P: Entonces para ti la literatura cumple no solo una función estética, sino social. ¿Fue eso lo que buscaste al publicar tu libro Nasiá Racaladxe’ / Azul anhelo, en 2013?
R: Mira, yo creo que una función social de la literatura puede ser apelar a las conciencias y generar un proceso de visibilización de ciertas situaciones, como lo es la violencia hacia las mujeres. En cierto sentido, tocar los corazones para que seamos más sensibles y no ser más actores de estos procesos de violencia, no ser personas que violentan a sus hermanas o a otras mujeres que nos rodean; o los varones que estén leyendo estos textos, que puedan sensibilizarse y apelar a esta parte más humana y menos violenta.
Cuando publiqué Azul anhelo, me pareció importante hablar de la violencia contra las mujeres, pues en ese momento todavía no era tan visible como ahora. Cuando empecé a hacer el libro, me parecía que era importante dar a conocer que las mujeres estábamos viviendo situaciones muy difíciles y que era necesario hacer conciencia de ese tema, no a través de las estadísticas, no a través de la nota roja, sino de una forma que considero más sensible para llegar a otras conciencias, a otros pensamientos, a otros corazones. Creo que la poesía nos permite acercarnos a una diversidad de personas, creo que a través de las letras muchas personas pueden entender, tener acercamiento y conocer las diferentes formas de violencia que vivimos las mujeres. Entonces, me pareció que la poesía era un buen camino para llegar a personas a las que tal vez no les ha tocado vivirla, o a mujeres que sí han vivido este tipo de situaciones y leyendo estos poemas tal vez se animen a contar sus experiencias y tratar de hacer frente a esto.
Azul anhelo es uno de los libros más extensos que he hecho. Me llevó un año el proceso de escritura, haciendo entrevistas. Estuve visitando un refugio, aquí en Juchitán, para mujeres víctimas de violencia, conversé con ellas, me narraron sus vivencias, desde el comienzo conté con el permiso de ellas para escribir los poemas, incluso algunas me permitieron usar sus nombres, por eso hay poemas con nombres. Pero la violencia contra la mujer crece todos los días y se ha vuelto imparable ahora en esta contingencia sanitaria; por eso, en octubre del año pasado decidí publicar este libro en versión digital gratuita [https://issuu.com/webudlap/docs/azul-anhelo-udlap/1?ff&backgroundColorFullscreen=%23a583ac], aunque luego también se publicó de forma impresa. Esto se dio en el marco de una colección especial de literatura indígena.
Y es que muchas mujeres tienen miedo a hablar, a tomar acciones. Hay varios instrumentos legales para afrontarlos, el problema es cuando no se aplica la legalidad. Hace falta una formación más sensible de los funcionarios encargados de las dependencias de atención a mujeres, una formación con una perspectiva de género, de derechos humanos… perspectiva indígena también, para dar una mejor atención cuando vienen mujeres a presentar una denuncia. Y esta es otra parte que nos falta mucho.
P: En 2018, sin embargo, nos sorprendiste con el giro que das en Rojo deseo hacia nuevos temas.
R: Bueno, sí [sonríe mucho], necesitaba un respiro. Mis temas habían sido la recuperación de la tradición de la cultura y temas sociales como la migración, la violencia de fuerzas armadas a la población indígena, la violencia a la mujer. Dolor, tristeza, violencia. Fue necesario un receso y escribí Rojo deseo. Después de muchos años, sentí la necesidad de descansar del dolor y la violencia y hacer una pausa, junté poesía amorosa, erótica, sensualidad. Luego retomé el tema de la violencia.
Pero me gustó esa experiencia. Retomé frases de doble sentido que son muy usuales en el lenguaje cotidiano. Fueron años de poner atención a cómo se comunica la gente en un doble sentido, hacen bromas con algunas frases como “subirse al guayabo” [ríe], “bajarse al pozo”, “subirse al árbol”; luego, el trabajo de creación y de recreación van de mi parte. Entonces, retomo eso que las nuevas generaciones van dejando de lado, para ponerlo en esos poemas, para sostener el lenguaje a través de la poesía.
P: Y para despedirnos, ¿Irma Pineda aspira a cambiar el mundo con su poesía?
R: Irma Pineda tiene la voluntad de cambiar el mundo y de dar a conocer el suyo a través de sus ojos de mujer. Yo no quiero que se siga viendo a las mujeres indígenas y a los indígenas, en general, como sinónimo de folclor, pobreza, exclusión, ignorancia. Deseo con todo mi corazón que cuando alguien diga “mujeres indígenas”, se piense en fortaleza, en dignidad, en valentía; y cuando se diga “indígenas creadores”, se piense en nosotros como el símbolo del arte en su máxima expresión.
De repente, los cuatro viajeros nos encontramos cada uno en un recuadro de la pantalla del Zoom conversando acerca de los aportes que nos representó este viaje metafórico para armar, al final de nuestro trabajo, esta entrevista virtual, ficticia, construida a partir de los discursos de Irma Pineda, que se han expandido gracias a la internet. De inmediato vemos que en la pantalla se multiplican los recuadros hasta llegar a veintitrés. Vemos a Livina cuando explica a la clase que en esta entrevista las palabras de Pineda no han sido adulteradas, que hemos respetado en cada respuesta lo que ella misma ha dicho en diversas ocasiones.
Después vemos que Yanay (como nombramos con afecto a nuestra Lucila Lema) se despide sonriente de todos, hemos llegado al final de esta asignatura de Literatura e interculturalidad. Todos sonreímos, algunas manos se agitan ante la pantalla y van apareciendo y despareciendo corazones rojos, hasta que el Zoom se cierra.
Me ha encantado esta entrevista. Al principio hasta me hicieron creer que estaban en ese pueblo en México, espantando perros a la hora del desayuno.
ResponderBorrarPareciera que para armar la entrevista hubieran hecho un lindo collage :-)
Gracias por aproximarnos más a la poeta oaxaca.