Una mordaz analogía de un elemento de la naturaleza que brinda calor, sombra y protección, con el ser que a uno le resulta alguna vez amado. A esta comparación va galopando en su cambio, mencionado que el árbol puede convertirse en un ser al que no le es posible ya dar sombra; sino que, desde cierto punto, deslumbra a la simple vista: un sol.
Este poema conjuga la naturaleza y el sentimiento humano, de la tierra y la carne, del viento y el soplido de un suspiro. Afianza métricamente, simbióticas hermandades entre nuestros sexos y nuestro dador de vida: la naturaleza. Los brazos son ramas, así como el amor es un rayo que nos parte en dos, cuando llega el momento preciso. Ahí es cuando la estabilidad y potencia se vuelven un ser volátil y cegador de conciencia. Es la dulce condena de quedar perdido en el ser que a uno lo acompaña.
El árbol-hombre-sol, simbiosis latente en cada uno de los versos de este poema, nos acerca a aquello de lo que jamás debió alejarse el ser humano. La función de un árbol, un sol y un hombre podría ser la de simplemente existir, dejarse fluir y secretar lo que la madre tierra ha dispuesto, desde el estado en el que uno haya sido engendrado. Este poema, como muchos de los poemas de Pineda, remite al amor, a la vida y su lugar en este universo.
Nuu dxi rizaaca
``Yáaga Ro': ¿Xhi yú guyaananiá' xcú'lu'?
A Rigoberto Ávila
Nuu dxi rizaaca
ranaxhi tobi ca yáaga ca’:
bandá’ ni rudiicani,
stipa náacani
dixiña xcuananaxhicani.
Nuu dxi laaca rizaaca,
yáaga ni nadxii tobi
rácani ti nguiu’
ne tobi ranaxhii xquendabiaanibe,
guidirua’be,
ladxido’be,
náabe
xquié‘be
(ti ca yáaga ca’ nápaca’ xquiéca’).
Ne ridi’di dixi, rizaaca,
yáaga ni nadxí tobi
suguaa dunabepe gaxha,
ruchibi.
Suuyu ma cadi yáaga laa
ne ma ruluí’ ti gubidxa,
ruzaani lú ni ranaxhii.
Ne zacá rizaaca,
tobi ma qui ganna
pa gutaagu lú ne igáachi’
pa gu’ya’dxisi Yáaga-Nguiu’-Gubidxa ca’
de ra guiniti biani lú.
Sucede a veces
"Señor Roble: ¿Con qué tierra puedo alimentar sus raíces?"
A Rigoberto Ávila
Sucede a veces,
que uno se enamora de los árboles,
por la sombra que producen,
la fuerza de sus ramas
o la dulzura de sus frutos.
Sucede también, a veces,
que el árbol que uno ama
se convierte en hombre,
y uno ama sus ideas,
sus labios,
su corazón,
sus brazos,
o el sexo
(porque los árboles tienen sexo).
Y sucede después, a veces,
que el árbol que uno ama
esta tan cerca que asombra,
asusta.
Deja de ser un árbol
y parece un sol
que deslumbra los ojos enamorados.
Y sucede entonces, a veces,
que uno no sabe
si cerrar los ojos y esconderse,
o contemplar al árbol-hombre-sol
hasta quedarse ciego.
Me impacta en los poemas la relación de lo humano con la naturaleza. No es esa mirada occidental de contexto o de acompañamiento de nuestros sentimientos, como el romanticismo, sino que hay una comunión. Me ha encantado conocer a esta autora.
ResponderBorrar¡Hermoso poema!
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